La obligación de ser feliz y las ganas de no ver

La obligación de ser feliz y las ganas de no ver

Infancias y adolescencias vulneradas

La obligación de ser feliz y las ganas de no ver

¿Quién alguna vez no buceó en el libro invisible sobre el modelo de felicidad? Esa receta mágica que permite estar acorde a la hipocresía en su estado nirvana. Esa fórmula de sonreír pese a todo sólo por el deber ser.

Sujetos que indagan en su inconsciencia olvidando los 362 días del año donde la abrumadora queja vivió minuto a minuto. Donde la falacia se hizo presente en todos los rincones. No es la imperiosa necesidad de querer disimular. Es tajantemente la obligación de estar pleno.

Es el manual de instrucciones para sentarse en una mesa con variopintas presencias de las cuales se desconoce el paradero el resto del año. Donde las ausencias son preferidas. Las publicidades, el hambre de consumo muestran en estas épocas, cómo debemos atravesar cada segundo. ¿Se podría apostar cuántos quieren acelerar el reloj? ¿Y cuántos realmente son sinceros y prefieren que las agujas no caminen nunca?

Es esa gana de no ver. De engañarse internamente y de seguir corriendo delante una realidad que los azota. Pero no a la sociedad en su conjunto. A poblaciones específicamente vulnerables donde las posibilidades pasan por la vereda de enfrente y nunca se atrevieron a cruzar. Donde se presentaron en forma de estrella fugaz con la oportunidad de pedir un solo deseo: que alguien las vea. No mira, quien no quiere, o a quien no le conviene.

Para Unicef es el 48 y para la UCA pasa el 51 en Argentina. Números que encierran millones de pibes y pibas con privaciones múltiples. Ese gran fantasma que es la pobreza y que acecha a la infancia desde la cuna. Que le quita la libertad de ser y crear, que la acerca a la muerte y al dolor de no tener y de estar a miles de kilómetros de distancia de ser económicamente activa. ¿Porque ese es el objetivo no? Producir para tener, tener para ser.

Eso que se replica desde antaño donde el tiempo efímero juega una mala pasada. La vida corre y hay que aprovecharla al máximo.

¿Y si las vidas se detuvieron entre los 0 y los 6 años? ¿Si las escuelas no tuvieron la gracia de tener más chicos porque nunca llegaron hasta la puerta? Porque siempre estuvo cerrada. Porque la escolaridad fue un lujo y la salud un viaje infinito. ¿Y si los sueños no fueron realidades?

El paradigma de crear mundos más humanos está lejos, si aún hoy en el siglo XXI, hay guerras y la infancia y adolescencia mueren en el Mediterráneo en el agua helada. Si la comunidad internacional cierra las fronteras a los refugiados. Si los niños soldados siguen cargando armas. Si las bombas en las escuelas subterráneas son moneda corriente. Si continúa existiendo la mutilación genital y el matrimonio adolescente. La trata. El abuso. La muerte lenta y fría. El dolor. El maltrato.

Si los desventajados caídos del mapa siguen ocupando los escalones de un supermercado o el hall de un edificio. ¿Nadie más que las dirigencias son responsables? ¿Están seguros? La mirada de la señora y el señor que “paga religiosamente sus impuestos”, cala en lo más hondo. ¿Probaron con preguntarle al pibe sin vida cómo se llama o cómo se siente?

El mundo se prepara para dilapidar al menor. Al vago. Al delincuente. El mundo quiere desaparecerlos del territorio. Mudarlos. Ignorarlos. Pretender que no existen y convencerse que son la enfermedad de “la gente de bien”. El pibe está ansioso por un abrazo. Por una comida caliente. Por una familia sea como fuere. El pibe no es de la calle. No pertenece al frío ni la cárcel.

Los comedores en las escuelas no deberían existir, pero sí el alimento en los hogares. Las unidades penales no deberían aumentar su número de pobres. De analfabetos. Deberían cumplir con la democracia que establece el castigo sólo de quitar la libertad. De reinsertar al que se pueda. De devolver al desamparado a la vida.

Mientras se mire al costado, mientras se siga eligiendo la mentira de la felicidad. Mientras se crea que así es mejor para el resto. Mientras no sepamos el nombre del chico que pide una moneda y mientras que en Google los pibes sean sólo rubios o la pobreza sólo se mida por el color de piel. Mientras el político eternizado desde la juventud en su puesto quiera la foto al lado del negrito para demostrar compasión y paternalismo pero duerma tranquilo de que el pobre es culpable de su situación por naturaleza, estaremos lejos de los principios morales y éticos.

Llámese rebeldía o enojo. Angustia o desazón. Desconocimiento o locura. Piénsenlo como quieran. Prefiero fundirme en el abrazo fraterno del que “no es” para el resto. Del que cierra los ojos buscando refugio. Del que te mira fijo y te dice que no sabe leer ni escribir pero te pide que le ayudes a deletrear “te amo” para el que quiera escuchar. Opto por este camino. El de la resiliencia. El del apretón de manos. Del empoderamiento del pibe que quiere salir. De la recuperación de la sonrisa perdida a puños. Y de saber que hay muchas vidas vagando por ahí.

Si llegó hasta acá le agradezco y le pido disculpas por mi atrevimiento: en nombre de mi Soledad y yo, que me acompañaron desde el útero.

Soledad M. Bavio

(Foto: Flickr – Alonzo Alejandro “Aguacaliente”)

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